El tiempo se ha estirado de
maneras increíbles. Alargándose y desenroscándose como si en él cupiesen 100
años. Si, se sienten como 100 años. 100 años luz.
Y, como el mar, que viene y va,
siempre mar, siempre en movimiento, y, como muchos de los seres que en él
viven, he vuelto a la orilla.
La orilla salvadora, la orilla
tibia y acogedora que existe solo en los recuerdos. Esa que luego de llegar, nunca
se parece a la real.
Exacto.
Exacta y sola, única y exclusivamente
de eso han estado rellenos estos 100 años luz: De realidad.
Una sola, enorme, gigante y
siempre espeluznante realidad. Una sola que se dividen y son muchas. En esa, caben
todas. Las mundiales. Las locales. Las personales. Pero de primera, cabe la inmutable
y eterna realidad la de la vida. Esa que dice que lo único constante en ella,
es el cambio.
Cambiamos otra vez.
Esta vez, cambiamos Europa. Con
su crisis económica, la falta de trabajo, el paro, el incremento de movimientos
nazis y ultras. La bonita, limpia, en la que todavía puedes caminar por la
calle en paz, así sean las 4 am. Esa, la de las plazas hermosas, la de las miles
de carreteras y millones de kilómetros de AVE. Esa, la que tiene 40 agencias
bancarias por manzana. Esa, en donde estamos presos por no tener nada. Ni dónde
ir, nada que hacer, nada…. Porque no había para gastar / comprar ni buena vida,
ni diversión.
Europa. La de amigos increíbles.
La de gente realmente especial. La del exilio. La de abrir los ojos. La de
entender todo. La de agradecer lo pequeño. La de los amigos bloggeros.
Alguna vez fue sueño. Irreal. Hermoso.
Ciudades eternas. Antiguas y modernas.
Y por eso, casi nadie se explica cómo
fue que “osamos” cambiarla por esto.
Esto es, Latinoamérica. Suramérica. Caracas.
Donde la realidad es una patada
en la cara cada día y a cada segundo. Donde la pobreza, la miseria y la
inseguridad son la santísima trinidad.
Aquí, la realidad, es lo único que
hay. Como allá.
Aquí toda la realidad es tan
obvia, tan directa, que solo se puede escapar de ella, haciendo un gran
esfuerzo mental de abstracción (es decir, soñando).
Pero al hacerlo, el gasto de energía
te deja no solo exhausto, si no desprotegido, porque aquí eso, es un lujo.
Si estás distraído, estás muerto.
Caracas, con sus 200 muertos
semanales por la delincuencia. Caracas con su tráfico infernal. Caracas, donde
solo llegas en mototaxy, pero donde no existe una sola autoescuela que
enseñe a manejar o conducir una moto.
Caracas… donde toca vivir y donde
toca salir todos los días porque hay trabajo. Porque sigue siendo la ciudad
donde hacer dinero más o menos rápido es posible, aunque parece algo totalmente
incongruente con su santísima trinidad.
Eso es.
En Caracas también estás preso.
En ambas realidades, estás preso
sin ser delincuente. Todos, somos presos del dinero. O mejor dicho, del mal uso
del sistema del dinero…
Entonces… avanzo y ya voy
llegando a una conclusión. Llego, y me
doy cuenta que ya tuve esta epifanía antes: Si, el mundo a ratos, parece un lugar
muy pequeño.
Y me digo lo que ya seguro todos
ustedes están pensando. Cada sitio tiene sus problemas, cada país, ciudad o
comunidad, sea grande o pequeña tiene cosas buenas y malas.
En todas partes, por mucho que
corra o me esconda, hay una realidad que terminará encontrándome.
Así que, ¿para qué me preocupo?.
Si al final, para mí, y para todos y todo…
Porque así como tenemos derecho a
quejarnos y desahogarnos, también podemos elegir ser felices con las tantas
cosas que si valen la pena en este mundo.
Así también es como…
El Mar No Cesa.