Bajo a pedir un presupuesto para unas mosquiteras. Es un negocio pequeño, y lo atienden dos chicos de treinta y pocos o así. Sin pensarlo siquiera, ni menos, ser consciente, me miro de refilón en el reflejo de la puerta mientras la abren y, rápidamente, me reacomodo el cabello. En cuanto entro, ya llevo puesta “la sonrisa de tratar con hombres”.
Esta, suele ser mi respuesta inmediata. Siempre. Y difiere de la “sonrisa para tratar con mujeres”. ¿De dónde demonios ha salido semejante actitud? ¿Cuándo empezó? ¿Por qué lo hago?.
Piensa Mar.
No. Esos chicos no me gustan físicamente. No, tampoco tengo fantasías ocultas con ellos, ni con que me pongan en la mesa del taller y me hagan &%$$%%$$•, o lo que sea que piense alguien a quien le gustan los hombres sudorosos con chándal de trabajo.
Descubro (con creciente asombro) cuando no me dedica, pero ni una sola miradita, ni de pasada siquiera, ninguno de los dos, que, ese esfuerzo de “agradarles” no me vale de nada. Solo quiere las medidas. Luego, me pide el número de móvil, y no, claro que no es para una cita. Es para avisarme cuando esté listo el presupuesto.
Le veo mover los labios mientras me explica (sin mirarme, claro) el no se qué del espacio que se requiere entre la ventana y la pared, pero yo ya estoy en otro planeta. Porque nunca me había dado cuenta de cuánto necesito esa “aprobación” a mi físico.
Vale. Para aclarar. No, no soy la más guapa. Nada de “tia cañon” o “una mami”. Pero tampoco soy la más fea. Y aunque no me va el rollo de la moda, ni el maquillaje, no logro encontrar ¿de dónde sale esa necesidad de gustar, de agradar? Pero allí está.
Sigo hurgando en mi interior: ¿Me hace feliz hacer esto?. La verdad es que no. ¿Sirve de algo?. Pues en vene, que los hombres son tan salidos (y lo digo en ambas acepciones, en español y venezolano) si, porque había algo a cambio: mejor trato y una reafirmación constante de que eras guapa.
Viene de allí entonces? ¿No es adicción, si no costumbre y/o un método de conseguir un fin?.
O es simple y llanamente inseguridad.
Podría ser, como bien dice Amaral, que lo haga para ahuyentar la soledad o para espantar la decepción…
¿Les pasa algo así a vosotros? ¿Sienten la misma confusión cuando se dan cuenta de que no son quienes creen que son?
Porque así como yo me creía más segura de mi misma, y siempre es bueno reflexionar sobre las motivaciones de las acciones, así es como también…
El Mar No Cesa.